viernes, 28 de diciembre de 2012

Muerte Súbita

La ciudad sudaba humedad, los subtes abarrotados eructaban los restos de una clase media que ya a día Martes anhelaba que fuera Viernes para revitalizarse con el ocio consumista.

Un puñado de empleados mancomunados en cortar con la rutina se disponían a jugar un match de fútbol 5 en la hoy inexistente cancha Nº 3 del Complejo Osvaldo Pugliese debajo de la autopista.

Por un lado el amenazante grupo perteneciente al sector de Administración, con integrantes metódicos y cultores de la planilla de cálculo, bien alimentados, con piernas entumecidas de estar todo el día sentados, con un promedio de edad de 32 años, con una idea de juego basada en un planteo físico y la búsqueda del error ajeno. Por el otro lado el heterogéneo grupo de cadetes con un promedio de edad de 21 años, con una idea de juego Griguoliana, que tras un día agitado, con horas de esperas en bancos, almuerzos truncos, depósitos y cobranzas por doquier; encontraba la posibilidad de desquite con sus múltiples jefes.

El partido deambulaba por rincones de un fútbol chato, con algunas pinceladas de algún bartolo que se animaba a tocar e ir a buscar.

Administración tenía en el arco un ex portero de handball cuasi invencible, los cadetes tenían un promedio de definiciones acertadas tan bajo que asustaría hasta al laborioso Pascualito Rambert.

Ningun equipo nunca sacó una ventaja superior a los 2 goles, y ninguno de los 2 equipos sumó más de 10 goles, la pared detrás del arco de los Cadetes estaba toda manchada de tiros con pésima puntería.

Respiraciones vencidas, pechos que se inflaban y desinflaban, ojos perdidos, remeras mojadas y medias bajas para todos. Un hombre picado por una viruela en su niñez se acercó con la notificación: "es la hora", de ambos frentes del campo de juego se escuchó "el que hace el gol gana".

Administración separó el balón del suelo y los centros comenzaron a precipitarse sobre el área de los cadetes. Como podían los laboriosos gladiadores del microcentro despejaban las embestidas aéreas.

Para los cadetes jugaban dos hermanos, uno diestro y el otro zurdo, unidos como pregonaba José Hernández darían color al desenlace del partido. El zurdo con la categoría de Diego Placente recuperó el balón sin falta y descargó en el diestro, quien le devolvió un dado, mientras todos hubieran dado la pelota por perdida, el zurdo aún con perfil cambiado logró zambullirse y enterrar su pie en lo que sería un centro tan inesperado como bombeado. El diestro había ganado la posición, resistió el kioskito que le tiraron encima y conectó el centro con su ceja izquierda, el pique del balón fue letal para el sorprendido ex portero de handball y el gol de la muerte súbita se hizo leyenda.

Los cadetes gozaron como beduinos la bebida que consiguieron como resultado de la victoria, aún sabiendo que al otro día iban a tener que soportar las represalias en forma de burócratas trámites administrativos a los que serían sometidos, ellos habían conseguido un triunfo tan agónico como lleno de vida.

La vez que me metí a hurtadillas en la pileta de Cavallo

Trotaba el año 1996, si, trotaba, si nos acostumbramos a que los tiempos hoy en día corren, debemos apreciar con palpable pausa aquellas travesuras de la niñez. Mi familia había dejado atrás momentos de sacudón que tenía como protagonista a mi señora madre y una desalmada política de reducción de personal que amenazaba con quitarnos el único canal de ingreso de capital a nuestro hogar.

La incursión de mi hermano en la adolescencia, la decisión de la familia de mi vecino para que continúe acudiendo a la escuela en el turno tarde sumado a mis ganas de estar jugando al fútbol a toda hora me brindaron la posibilidad de juntarme con otros niños a pelotear.

Los chicos de mi grado no eran adeptos de ir a jugar al Parque, entonces, con la facilidad de hacer amigos que heredé de mi padre, congeniaba excelentemente con los chicos del otro grado. Me llevaba tan bien con los chicos y las chicas del otro curso que fui invitado al cumpleaños de Valeria, una chica muy simpática y de patología novelera, que nos invitó a pasar todo un sábado a un Country de la hostia.

Aquel sábado de Noviembre un micro escolar alquilado para la ocasión nos esperaba para ir al Country en la puerta del colegio. 24 niños, 12 nenas y 12 bestias necesitadas de verde césped para pelotear, cargaron sus bolsos y enfermaron al chofer con todos los cánticos que se les puedan ocurrir.

Cuando llegamos a la casa del abuelo de Valeria en el Country nos desayunamos la terrible noticia de que el "Nono" no había cargado la pileta porque según dijo "Pensaba que era la semana que viene?".

El yerno del Nono, gran improvisador, manejó la situación con las siguientes directivas: El Nono nos llevaría a jugar al campo de Deportes y su esposa iría a comprar comida (entiéndase Paty´s) para mantener quieto al contingente de monstruos por al menos un rato.

Jugamos al fútbol en una cancha zarpada, un billar, mi equipo ganó por 3 goles y mi participación se destacó por un pelotazo que impactó en los lentes de la mejor amiga de Valeria. Por esas cosas extrañas de la vida y las niñas, Natalia no se enfadó conmigo, según me explicó Valeria después, Naty había entendido el pelotazo como una muestra de cariño tras tanta indiferencia que le profesaba.

¿Qué tiene que ver esto con Cavallo? Aguarde lector impaciente!

Luego de comer, y buscando escapar de un verdad/consecuencia, un grupo conformado por El Lungo, C, Velez, Durazno y quien teclea nos fugamos en búsqueda de aventuras.

Nuestras pupilas se agigantaron al ver un terrible caserón, Durazno encontró un agujero en la reja y sin discutirlo en un instante nos encontrábamos del lado aristócrata de la reja.

A la consigna de "el último en entrar en la pileta le da un beso a la abuela de Valeria" corrimos desesperados y nos zambullimos sin detenernos a quitarnos zapatillas y demás ropajes; tras el chapuzón El Lungo se percató de que un pelado se acercaba a la pileta arrojándonos improperios, "Rajeeeeeeeeeeemos" (como si fuera una pelícuila de los 80´s). Corrimos en dirección hacia los árboles que se encontraban al fondo del parque, de ahí salimos a otro jardín con pileta donde nos volvimos a refrescar y así con 2 casas más hasta que Vélez se golpeó y volvimos a la casa de Valeria para que lo atiendan.

Al regresar a la casa estábamos hecho sopa y con un herido, nos preguntaron que hicimos y cómo se había golpeado Vélez, "Se enganchó en el tobogán" fue la mentira que elaboramos y al parecer nos creyeron.

El lunes en el colegio Valeria nos preguntó que había pasado con Vélez realmente, porque a la noche después de que nos fuimos, se presentó Domingo Cavallo en la casa del Nono preguntando por unos niños que se metieron en su jardín.

Valeria nos contó además que su papá tuvo una discusión subida de tono con Cavallo. Mi imaginación, movida por la sed de justicia, me hacía pensar que el papá de Valeria le pegaba una piña y lo dejaba sangrando. Con el tiempo entendí que una piña hubiera sido inútil, el ex ministro jamás tuvo sangre.

Navy Battle

Septiembre del 2002, tras el recreo de las 10:35 nos preparábamos para 80 minutos de Geografía que nos separaban de los dolorosos 40 minutos de Historia que coronaban la jornada educativa de aquel inolvidable Jueves.

Preceptora: Chicos la Profesora Solange no va a venir hoy, Antes que me digan nada, no podemos bajar al patio y la Profesora de Historia no puede adelantar su hora.

Tara y Andrés planeaban pasar la siguiente hora libre divirtiéndose con Jopo, pero éste les recordó que tenía un examen oral en la hora de Historia y los obligó a buscar una nueva forma de entretenimiento.

Andrés y Jopo eran un esnorkel en un mar de oligofrenia puberil que era nuestro curso. Sin Jopo para divertirnos con Andrés intentamos salir del aula con la excusa de preparar algunas cosas del Centro de Estudiantes, pero nos jaquearon la movida, solo uno podía salir. Códigos son códigos y los dos permanecimos en el aula.

T: Bueh, vamos a hacer una batalla naval.

A: Dale. Pero va a ser la única batalla naval que jueguemos en nuestras vidas, el que gana será reconocido como el amo de los mares y cada vez que se diga "batalla naval" el perdedor deberá hacerle una reverencia al ganador.

T: Ok

Que batalla señores, con estrategias diferentes se acercaba el final del cotejo con el siguiente perímetro naval, Andrés había hundido todos los barcos enemigos excepto el de 4, Yo estaba a 2 tiros de hundir el barco de 3 de Andrés y solo me quedaría hundir el de 1.

Pero el horizonte se puso negro, Andrés y su C4 golpearon la popa de mi último barco, Tomé mis 2 tiros para hundir su barco de 3 y él solo necesitaba de 2 oportunidades para ser coronado con la victoria.

Último tiro para Tara, Jopo ya olvidado de la historia del Cordobazo se mordía las uñas y Andrés se regocijaba de antemano. Entonces sucedió, de mi boca se desprendió un esperanzador G6. Andrés soltó su hoja, Jopo la levantó antes de que toque el suelo y sin poder creerlo levantó mi brazo derecho, luego guardó en mi delantal el papel que junto a otros recuerdos se llena de polvo en el cajón que abrí hoy por la tarde en busca de juguetes para mi sobrina.

En honor a mi verruga

El ´99 fue un año futbolísticamente hablando muy agitado. Los memoriosos hinchas de River ya estarán recordando el triángulo afensivo Aimar-Ángel-Saviola y uno de los torneos más festejados que hayamos conseguido. Pero en mi universo futbolero sucedió algo que merece ser contado, por ser una historia con sangre, sudor y toque.

Atravesaba el tedioso 2do año del secundario en un colegio donde me aburrí a niveles insospechados, mi escape era juntarme con los pibes de la primaria, no con los que comparti curso, sino los de la otra división, nos conocíamos de ir a jugar al Parque Rivadavia y pasar tardes al mejor estilo Cuenta Conmigo.

Acá es donde salteo un cúmuulo de detalles y retomo el hilo de la historia en un punto muy conocido de la adolescencia. Suena el teléfono 20:30 en mi casa, recordada hora de la cena.

C: Hola Tara, Podés jugar hoy a la noche.

T: Dale (Con C había un código tácito, siempre responder SI ante la invitación de jugar al fobal)

Era el primer partido de noche que iba a jugar, costó un toque convencer a mi vieja, pero mi hermano mayor me tiró una soga y un billete de $ 5 para poder ir a jugar. Tenía la remera violeta de la Fiorentina con el 9 y el nombre de Batistuta estampado en la espalda, un short al mejor estilo mundial 78 y los batalladores botines Sudamérica (también debo reconocer que llevaba una RIÑONERA donde guardaba mis llaves y mi dinero).

Nuestro equipo formaba con:
El Lungo: Un pibe que con 14 años, ya parecía de 18 y con un levante digno de un Teen Angel). Sus características como jugador se pueden reumir en: Un Martín Palermo adolescente

Vélez: Otro que respondía siempre SI a la invitación de ir a jugar. Se hacía el que amaba a Caballito pero el muy amargo se hizo hincha del Fortín curiosamente en la década que el equipo de Liniers se hizo de todas las loas. Futbolísticamente limitado, animicamente indispensable para levantar al equipo cuando el panorama se teñía de negro.

C: En aquel momento un gran organizador de partidos. Un crack, de esos pibes que decís "si no le gustara tanto la joda estaría jugando en Primera". Atravesaba un momento donde había abandonado la defensa para convrtirse en goleador.

El Burrito: Idéntico a Ortega, te dejaba la cintura acalambrada con tanto enganche, morfón como pocos (en el sentido que no te pasaba la pelota ni con un 38 en la sien).

Tara: Un bartolo en potencia, entendía que mi lugar era la defensa pero corría muchos riesgos innecesarios y me gustaba irme para arriba como pedo de buzo.

¿El otro equipo? Los Rojas Boys, tenían todos 17 años, hacía 3 años que se juntaban todos los viernes en la noche a jugar en las canchas de Yerbal y Rojas, ostentaban un asombroso record de apróximadamente 52 partidos jugados y no conocían la derrota. Había un baile en el Damazo Centeno (un colegio de milicos asquerosos, pero con un semillero de minas para sacarse el sombrero) y el equipo al que iban a enfrentar prefirió librar batalla en la pista de baile antes que someterse a una segura derrota en el verde sintético.

Habitués de la Plaza como la hermana de C, nos dieron la oportunidad de jugar contra ellos. Para no extenderme en el relato voy a resumir el encuentro en una palabra que calza justito: PALIZA, 13 a 5, nos dieron un baile terrible, sentimos el rigor de jugar con pibes cuyos físicos estaban preparados para el roce, un equipo tácticamente hablando que sabía a lo que jugaba y lo hacía de maravillas. Con el sabor de la derrota en el secor de nuestras gargantas solicitamos revancha para dentro de 21 días, mi pierna aún sangraba por la extirpación de la verruga a la que había sido sometido; cuando nos confirmaron el partido revancha El Lungo me acercó la verruga pateándola con el botín, la recogí, la contemplé y juré que esa verruga sería vengada.

En estos días la segunda y última parte.

Sus-tito

Bajamos como pudimos del 26 en lo que hoy sería la puerta del Village Caballito, aún en el estado que me encontraba sabía que estaba apróximadamente a 270 pasos de mi cama sino fuera porque Debbie tenía la parada del 172 a 42 pasos de distancia y no me permitía cuadrar la idea de dejarla sola.

D: Tara andá, ya casi amanece, lo espero sola.

T: ¿En serio, no te jode? estoy muerto (puse mi cara de perro asolado)

D: No te hagas drama.

Me acerqué para saludarla, sin mirarla a los ojos aproximé mi mejilla hacia la de ella, cuando se dio vuelta la tomé del brazo y...

T: Debbie, mirá si te voy a dejar ir sola, vamos a mi casa, mi hermano hoy no viene tengo la cama de abajo libre, llamá a tu casa para avisar y listo, te venís a conocer la guarida.

D: No, en serio, en un toque viene el bondi.

T: Si, seguro. No rompas las pelotas Debbie (es increible la cantidad de veces que dije esta frase en mi vida)

Debbie siempre muy perceptible entendió que la idea era lo mejor y nos dirigimos a mi por entonces hogar. Llegamos y en silencio fuimos a mi habitación, le di un short y le dejé 2 remeras para que elija cual usar (mi famosa prueba del piyama). Fui a buscar agua para hidratarnos y bajar el contenido de alcohol en nuestra sangre. Mientras ellas se cambiaba, "manotié" unas empanadas frías y volví a la habitación. Dictatorialmente decreté que Debbie durmiera en la cama de arriba mientras yo lo haría en la cama de abajo. Como pudo, más un empujoncito de mi parte Debbie ya estaba lista para descansar sus córneas. Yo prendí la tele pero en menos de 5 minutos ya estaba torrando de lo lindo.

Al rato apareció en mi cuarto mi vieja, que como un reflejo inconsciente vino a saludarme y darme unos mimos mientras se aseguraba que el Benjamín haya llegado entero; le llamó la atención una larga cabellera que serpenteaba entre las sábanas, pero tras el episodio del casco de bombero y su estado somnoliento matinal nada la asombraba lo suficiente, asi que sin darse cuenta que su hijo estaba en la cama de abajo acariciaba la tez de mi amiga Debbie. Entonces no tuve mejor idea que apretar su rodilla derecha y comenzar un concierto de gritos que por poco deja sorda a Debbie.

Dejo acá el relato porque me acordé de los problemas cardíacos de mi madre y sentí un leve hormigueo en el estómago.